CASTELLANO (Italiano in basso)

En Tijuana la mayoría de las personas que viven en el famoso bordo o que buscan cruzar a EE.UU. son deportados. Se escuchan varias historias, algunas más difíciles que otras. Sin embargo, en los 28 años de experiencia que tiene la casa del migrante “Juan Bautista Scalabrini”, en donde cada año alojan alrededor de 6000 personas, hay algunas historias que realmente se destacan de las demás.

El director de la casa es Padre Patricio Murphy y según él lo que cuenta Gonzalo Rodríguez es extraordinario y aun mas asombroso es el hecho que el lo quiera contar.

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La historia de Gonzalo Rodríguez:

Gonzalo, Mexicano de familia costarricense, tenía ocho hermanos y entre este uno era federal en México a los 14 años se fue a EE. UU sin papeles. Ahora tiene 38 años y siempre vivió allá. Su familia siempre fue unida, y le quedó cerca también cuando él, a los 18 años declaró su homosexualidad. Según Gonzalo esto nunca fue un problema, hasta hizo dos hijos, siempre quiso ser padre. Las mujeres con las que los hizo sabían de su homosexualidad y estaban de acuerdo, ellas, las dos, eran bisexuales. Los hijos también sabían y se veían con el frecuentemente, aunque vivían con sus mamas. Su vida era feliz, además de todas las complicaciones. Un día pero Gonzalo perdió su trabajo, era cocinero en un convention center. Así que tuvo que buscar otro empleo rápidamente, y en internet encuentra una agencia, mejor dicho un hombre que encontraba trabajo a la gente. Era un Hondureño, se llamaba Olbin pero se hacía llamar “La Víbora”.

La Víbora era en realidad un coyote y traficante. Le convenció a Gonzalo que justo estaba buscando a gente para trabajar en un restaurante Chino. Fue así que Gonzalo entrega 500 $ a La Víbora para tener este trabajo. El restaurante Chino de California ofrecía 3000 $ de sueldo más piso y comida. A él no le pareció verdad, así que viajó a Modesto, California, y encontró sus jefes en la estación del Greyhound. Le dieron un pequeño departamento en el segundo piso de un edificio. Gonzalo hizo rápidamente amistad con un chico de Guatemala, le llamaba Chapín, los dos acababan de llegar. La primera semana de trabajo todo parecía estar bien y para Gonzalo la vida había vuelto a la normalidad. Pero solo después de esta semana se enteró de que algo bien feo le esperaba. Los hicieron subir a un camión, junto con otras 32 personas, hombres y mujeres, casi todos latinos menos dos que venían de Nepal, los cuales pero, hablaban bien el castellano. Cosa que no se podía decir de los demás, sobretodo de las mujeres que sólo hablaban sus idiomas indígenas. A manejar el camión era un asiático que hablaba muy mal el inglés, luego había otros que solo platicaban en chino. Este hombre declaró sin medios términos que las pertenencias de todos ya habían desaparecido, las habían tirado a la basura, aunque probablemente, según Gonzalo, las habían vendido. Las maletas con las que todos se habían mudado a este lugar de trabajo ya no existían más, y además, el hombre le estaba ordenando de que también se quitaran la ropa porqué ellos se iban a ocupar de entregarle una uniforme nueva para el trabajo. Los 36 se encontraron de tener un trabajo, una esperanza y libertad, a estar encerrados en un cuarto de 4 x 5 metros, derobados y desnudos. Con dos botes de agua para hacer sus propias necesidades.

Una noche, después de tres días de vivir en este cuarto y seguir trabajando en la cocina del restaurante, los llamaron, a él y a otro. Llegó su primer “cliente”. Tenían que bañarse y ponerse una ropa exótica que le habían entregado. Los metieron a un cuarto donde los esperaban dos afroamericanos que, apuntándole con un arma, le ordenaban de tener relaciones entre ellos y luego hasta obligaron a Gonzalo a tener sexo oral con un perro. Los dos disfrutaban del espectáculo masturbándose y, como lo describió Gonzalo: “Haciéndose del baño en nuestra cara”. En este momento Gonzalo se dió cuenta de lo que iba a ser su destino en este lugar.

La tortura duró cuatro meses.

Una tortura hecha de amenazas, sobre todo acerca de su familia, de la que los traficantes demostraban saber todo. Por cuatro meses Gonzalo trabajó en la cocina de día y como objeto sexual de noche, en los dos casos era un esclavo, y tener un arma apuntada en la cara era su rutina.

Tuvo que someterse a todo tipo de degeneraciones y sus clientes eran personas totalmente normales a la luz del día. Enfrente de él tuvo a políticos y policías de varios cuerpos en uniforme, cada uno con su depravación, ordenándole, con su arma de dotación, de hacer algo horrible o torturándole con violencia, mientras el y sus compañeros actuaban bajo el efecto de Viagra y cocaína.

Según cuanto Gonzalo recuerda el restaurante se llamaba Imperial China buffet.

Él estaba desesperado, quería morir. Continuamente proponía de irse, insistiendo en que no iba a denunciar a nadie. Pero no sirvió de nada, él había sido comprado a “la víbora” por 4000 $. El infierno seguía y ellos eran trasladados de un lugar a otro, vendados y siempre con el mismo objetivo. Vió a gente morir, mujeres embarazadas matadas con una bala en el vientre y el también empezó a pensar que la muerte era la única manera para acabar con esta pesadilla. De hecho, cuando fueron trasladados a San Bernardino, él y su amigo en esta desaventura, el Chapin, buscaron acabar con sus vidas bebiendo una botella de cloro.

No lo lograron.

A San Bernardino los esperaban días horribles como los pasados, mientras esperaban ser llevados a China.

Una noche, a unos días de su traslado, Gonzalo se encontraba con uno de los “clientes”, o mejor dichos torturadores, más crueles que vio en su experiencia. Este, en el intento de penetrarle con una botella de vidrio, hizo que el vacío que se hizo en la botella le sacara parte de su estomago. Desmayó.

Estuvo una semana sangrando, sin comer, a limite entre vida y muerte. Después fue abandonado en un parque muy poco frecuentado de la periferia de San Bernardino. También allí luchó con la muerte, hasta que, después de dos noches arrastrando en la tierra, llegó a una iglesia. Mostró al jardinero sus heridas y este, aconsejado por el cura, llamó al departamento “Human Trafficking Task Force” que de inmediato trasladó a Gonzalo Rodríguez a un hospital. Su estomago fue puesto de vuelta en su lugar y reconstruido, pero su salud fue afeitada por estos hechos.

De esta experiencia Gonzalo se queda con la idea de que todo este sistema es enfermo, y enfermos son los que le obligaban a hacer estas cosas y los políticos y policías que permiten y abusan de este sistema tienen que pasar bajo la mano de la justicia.

Gonzalo, después de sus desaventuras, descubrió que un cáncer le está comiendo el estómago, que siempre se hace más chico, y que en un año va a acabar con su vida.

Ahora se encuentra en la casa del migrante de Tijuana, donde ha encontrado ayuda legal y sobretodos amigos, “cuando llegó aquí no confiaba en nadie, tenía miedo en contar su historia” nos cuenta Bibiana Gomez, la psicóloga de la casa. Ella fue una de las figuras mas importantes para Gonzalo, juntos lograron que él recuperara la fuerza y el entusiasmo y que pudiera hacer algo para ayudar a los demás. Ella misma pudo aprender mucho de él, de su filosofía de vida. Hay una frase que Gonzalo pronuncia siempre desde que se recuperó: “cada día tengo una cita con la vida.”

La abogada de la casa del migrante es una chica que nunca en su vida había pensado trabajar en el social. Llegó a la casa del migrante por casualidad, quizás porque no encontró otro trabajo. Después de dos días en este lugar se encuentra en frente de Gonzalo. El preparado por la psicóloga estaba muy decidido en hablar para arreglar su situación y sobretodo para ayudar a los demás. Ella, Melissa Alejandra Viruete, no supo que hacer, lo escuchó haciendose escapar unas lagrimas y pensando en como ayudarle. Era imposible ocuparse de su caso, todo tenia a que ver con Estados Unidos, así que después de unos días de búsqueda consiguió que un grupo de activistas legales de USA viniera a hablar con Gonzalo. Ahora él está en espera de su visa humanitaria para EEUU, lamentablemente este tramite toma al rededor de 5 meses y para Gonzalo cada día es un día menos. Hoy Melissa toma su trabajo con toda su alma, haciendo lo posible para ayudar, aunque no se puede hacer mucho: la gente que transita por la casa quiere pedir asilo político en EEUU. Seguramente el encuentro con este extraordinario ser humano, un sobreviviente, no más una victima como él se define, le cambió la visión de las cosas.

Gonzalo ahora trabaja de albañil y gana 1800 $ MXN cada mes, lo que ganaba los primeros años en EEUU, vive cerca de la casa del migrante donde todavía pasa mucho tiempo y ayuda lo mas que puede. Se conmueve pensando en su pasado, y lo que mas le da felicidad es el haber encontrado a una familia en la casa del migrante, una humanidad buena en que él había perdido la esperanza. Amigos, como aquel Chapin que él recuerda con una lagrima mirando de la ventana.

No sé si está en Estados Unidos, en China, y sobre todo no sé si está vivo.” confiesa. “Me gustaría tener el poder de sacarlo de este infierno.”

ITALIANO:

A Tijuana la maggior parte delle persone che vivono vicino al famoso “bordo” o che cercano di attraversare la frontiera per entrare in USA sono deportati. Si incontrano storie differenti, alcune più dure di altre.

Sicuramente in 28 anni di esperienza della casa del migrante “Giovanni Battista Scalabrini”, che accoglie ogni anno circa 6000 persone, ci sono storie che realmente si distinguono dal resto.

Il direttore della casa è Padre Patrick Murphy e secondo lui la storia di Gonzalo Rodriguez è straordinaria e ancora di più lo è il fatto che lui la voglia raccontare.

LA STORIA DI GONZALO

Gonzalo, messicano di famiglia costaricana aveva otto fratelli, tra cui anche un poliziotto federale, a 14 anni andò a vivere negli Stati Uniti senza documenti. Adesso ha 38 anni e da allora ha sempre vissuto in Minnesota. La sua famiglia è sempre stata molto unita e gli fu sempre vicina anche quando dichiarò apertamente la sua omosessualità, questo in generale non fu mai un problema per Gonzalo tanto che è riuscito ad avverare anche il desiderio di essere padre. Oggi Gonzalo ha due figli, le rispettive madri erano bisessuali e consapevoli della sua omosessualità. I suoi figli sanno tutto di Gonzalo e si vedono frequentemente anche se vivono con le proprie madri.

Un giorno però Gonzalo perse il lavoro di cuoco in un centro congressi e si mise rapidamente alla ricerca di un nuovo impiego; su internet trova l’annuncio di un’agenzia o per dirla tutta di un uomo che si proponeva di trovare lavoro alla gente. Era un honduregno di nome Olbin che si faceva chiamare la Vipera.

La Vipera era in realtà un coyote (persona che ti fa attraversare le frontiere) e trafficante, convinse Gonzalo che stava cercando proprio del personale di cucina per un ristorante cinese. Gonzalo pagò 500 dollari per ottenere quel lavoro.

Il ristorante cinese si trovava in california e offriva ai lavoratori vitto, alloggio e 3000 dollari di salario mensile. Gonzalo non riusciva a crederci e si mise in viaggio verso Modesto, in California, dove incontrò i suoi datori di lavoro presso la stazione degli autobus.

Lo ospitarono in un piccolo appartamento al secondo piano di un edificio e lì fece velocemente amicizia con un ragazzo guatemalteco appena arrivato e affettuosamente lo chiamava Chapìn (aggettivo con cui vengono chiamati i guatemaltechi in messico).

La prima settimana di lavoro trascorse tranquilla e Gonzalo pensava di essere tornato alla sua vita di sempre quando invece una notte lo fecero salire su un autobus insieme ad altre 32 persone, uomini e donne, quasi tutti latino americani eccetto per due persone che venivano dal Nepal, che comunque parlavano bene lo spagnolo. Il resto delle persone invece pur essendo latini parlavono solo le loro lingue indigene. Conduceva l’autobus un asiatico che parlava molto male l’inglese e in più ce n’erano altri che parlavano solo cinese. Il conducente dichiarò senza mezzi termini che tutti i loro effetti personali erano spariti, erano stati buttati nella spazzatura o, secondo quello che pensa Gonzalo, erano stati venduti, le loro valigie non c’erano più e annunciò al gruppo che avrebbero dovuto buttare anche i vestiti che avevano addosso perchè gli sarebbero state consegnate delle nuove “uniformi di lavoro”.

Le 33 persone su quell’autobus passarono perciò dall’avere un lavoro, una speranza e la libertà, ad essere rinchiusi in una stanza di 4×5 metri, con due secchi per i bisogni.

Una notte, dopo tre giorni vissuti in quella stanza e continuando a lavorare nel ristorante, Gonzalo venne chiamato insieme al suo amico Chapin. Era arrivato il loro primo “cliente”. Li obbligarono a lavarsi e vestirsi con abiti “esotici”, li portarono in una stanza e lì, sotto le minacce di due afroamericani armati di pistole, li obbligarono ad avere rapporti sessuali tra di loro, Gonzalo fu obbligato ad avere un rapporto orale con un cane e i due tizi intanto si godevano lo spettacolo masturbandosi e , come ce lo ha descritto Gonzalo, “usavano la nostra faccia come fosse un water”.

In quel momento si resero conto che quello sarebbe stato il loro futuro.

La tortura durò quattro mesi, una tortura fatta di intimidazioni, di minacce sulle famiglie, di cui questi schiavisti sapevano tutto. Quattro mesi in cui si lavorara di giorno nel ristorante e di notte come schiavi sessuali, con un arma costantemente puntata addosso.

Gonzalo si è dovuto sottomettere ad ogni tipo di nefandezza ed i suoi clienti erano solitamente politici , poliziotti, sacerdoti e persone facoltose, tutti con una propria forma di depravazione, tutti armati e violenti, venivano imbottiti di viagra e cocaina e torturati dai loro “clienti”

Secondo i ricordi di Gonzalo il ristorante si chiamava Imperial China Buffet.

In questi mesi di torture Gonzalo era disperato, voleva morire, pregava i suoi carnefici di lasciarlo libero promettendogli di non fare parola dell’accaduto ma ovviamente fu tutto inutile. Gonzalo era stato comprato per 4000 dollari ed era ormai di loro proprietà.

L’inferno proseguiva e loro venivano traferiti in posti differenti, sempre bendati. In questi quattro mesi ha visto gente morire per le torture subite, donne incinte ammazzate con un proiettile nella pancia e ha sviluppato l’idea che l’unica soluzione era la morte. Quando furono trasferiti a San Bernardino, sempre in California, con il suo compagno di sventure Chapin, bevvero una bottiglia di candeggina per farla finita ma non ci riuscirono.

Le torture continuarono e in più erano stati avvisati che di li a breve sarebbero stati trasferiti in Cina.

Una notte Gonzalo si trovò davanti un cliente particolarmente crudele che lo penetrò con una bottiglia di vetro. Durante l’atto la bottiglia creò un vuoto d’aria nella pancia di Gonzalo che gli causò la fuoriuscita di una parte dello stomaco. Svenne.

Per una settimana intera lo lasciaro sanguinante e senza mangiare, in fin di vita; decisero poi di abbandonarlo in un parco poco frequentato della periferia di San Bernardino. Restò due giorni e due notti in quel parco lottando tra la vita e la morte finchè arrivò strisciando davanti a una chiesa, lì mostrò le sue ferite al giardiniere che insieme al parroco decisero di chiamare la Human Trafficking Task Force che trasferì subito Gonzalo in ospedale.

Lo stomaco di Gonzalo venne riposizionato e in parte ricostruito ma la sua salute ormai era compromessa. Gli venne diagnosticato un cancro proprio allo stomaco che gli lascia solo un anno di vita a detta dei medici.

Da questa esperienza Gonzalo ha sviluppato l’idea che tutto questo sistema è malato, malati sono gli aguzzini che tengono prigioniere le persone e malati sono i politici e i poliziotti che permettono questi soprusi e anzi ne abusano a loro volta.

In questo momento Gonzalo è ospite della casa del migrante di Tijuana dove ha trovato supporto legale e psichico, ma soprattutto amici. “Quando arrivòqui non aveva fiducia in nessuno e aveva paura di raccontare la propria storia” ci racconta la psicologa della casa Bibiana Gomez. Lei è stata una figura portante per Gonzalo, lo ha aiutato a ritrovare la forza e l’entusiasmo e lo ha convinto che poteva anche essere d’aiuto per molti altri. Ci racconta che ha imparato molto da lui e dalla sua ritrovata filosofia di vita, e cita una frase che Gonzalo dice tutte le mattine: “ogni giorno ho un appuntamento con la vita!”.

L’avvocatessa della casa del migrante è una ragazza che non aveva mai pensato di poter lavorare nel sociale, è arrivata alla casa per puro caso, forse perchè non trovava altri lavori. Due giorni dopo il suo arrivo si ritrova faccia a faccia con Gonzalo e la sua storia; lui, dopo il lavoro della psicologa, era molto determinato nel voler raccontare l’accaduto con l’intento di salvare quelli che ancora erano intrappolati in quell’inferno. Lei, Melissa Alejandra Viruete, non sapeva che fare, lo ascoltò commossa pensando a cosa potesse fare; era impossibile aiutarlo perchè i fatti riguardavano gli USA, finchè dopo due giorni di ricerca riuscì a far arrivare un gruppo di attivisti legali dagli Stati Uniti per farli parlare con Gonzalo.

Melissa dopo questi fatti ha iniziato a prendere sul serio il proprio lavoro sociale e si prodiga per far tutto il possibile per aiutare gli ospiti della casa del migrante, anche se quello che può fare è molto poco perchè si tratta sempre di richieste di asilo politico negli Stati Uniti. L’incontro con questo straordinario essere umano, un sopravvissuto e non una vittima come lui stesso si definisce, le ha sicuramente cambiato il modo di vedere le cose.

Adesso Gonzalo è in attesa di un visto umanitario per gli USA, purtroppo però le pratiche per tale visto sono lunghe, si parla di 5 mesi di attesa, e per Gonzalo ogni giorno che passa è un giorno in meno che gli resta. Nel frattempo lavora come muratore e guadagna 1800 pesos al mese, circa 100 euro; vive vicino alla casa del migrante dove continua a passare molto del suo tempo aiutando gli altri.

Si commuove spesso pensando al suo passato e quello che lo rende più felice è sapere di aver incontrato un nuova famiglia lì nella casa, di aver ritrovato l’umanità dopo che aveva perso tutte le speranze verso gli uomini e di aver trovato degli amici.

Amici come Chapin il suo compagno di disavventure; ” Non so se si trova in USA, in Cina e se è ancora vivo! Mi piacerebbe tanto tirarlo fuori da quell’inferno!” ci dice commosso guardando fuori dalla finestra.

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