CASTELLANO (Italiano in basso)

En Playas de Tijuana, en frente de la frontera, hay un obelisco, un tímido monumento que dice: “aquí empieza la patria”, aunque quizás seria mejor que diga: “aquí se acaban los sueños” como quiere recordarnos la cruz que añade al monumento la opinión de quien la dibujó. Hay muchas cruces que del obelisco nos llevan hasta el punto donde acaba la barrera, en el agua. En este punto, en la playa, el gobierno hizo un pequeño gimnasio, quizás lo hicieron con la intención de mostrar al primer mundo que aquí hay gente sana, entrenada y que tiene una buena calidad de vida. En realidad muchos de los que entrenan allí lo hacen para que cuando llegue la neblina estén listos para saltar al otro lado. La plaza del gimnasio, el ultimo (o el primero) de America Latina , esta frecuentada por mucha gente que se encuentra allí de paso, por lo menos es lo que creen, van y vienen de una casa, una casita azul y blanca.

La ultima casa de America Latina no podía no ser un albergue de migrantes. En realidad no es un verdadero albergue, como podría ser la casa del migrante, esta casa no esta reconocida por ninguna institución, pero acomoda a mucha gente de paso por Tijuana. Es la ultima casa de Latino America y muchos esperan que sea su ultima casa en este territorio. Las voces que circulan sobre este lugar son muchas.

Algunos dicen que la dueña es una santa y otros hablan de ella como una persona que se aprovecha de la desesperación de algunos para sacarle el ultimo centavo que le queda. Ella se puede encontrar en la casa, no tiene otras cosas que hacer que estar allá, limpiando o pasando el tiempo con los migrantes. Afuera de la casa los “huéspedes” del albergue están en espera de que abra para tener aquella que podría ser su única comida en el día. Entrando por la puerta principal se llega a la sala, donde se come, se cocina y se limpia entre todos. Allí, única mujer entre seis hombres, se encuentra la dueña de la casa. Se llama Esperanza, nombre muy apropiado para una que representa la ultima ayuda en el viaje de muchos migrantes. Está muy ocupada en explicarles la existencia del infierno, dice que algunas personas han ido y vuelto de aquel mundo. Los migrantes la escuchan, iluminados por la luz de un tablet que muestra unos efectos especiales abstractos acompañados por gritos de sufrimiento. Parece ser entonces que al infierno dejan pasar cámaras.
La casa es un laberinto de escaleras y paredes de madera reciclada, los cuartos son muchos, en la casa hay 36 personas al momento pero según la señora Esperanza caben 100. Eso no significa que hay 100 camas, en la casa habrá en total 15, y los demás duermen al piso. Hay cuatro tipos de alojamientos: privados con cama, donde viven los que llevan mas tiempo en la casa o están enfermos. Luego vienen los privados sin cama, donde se duerme en el piso y el cuarto mide cuanto una persona acostada. Estos cuartos se encuentran en el techo y son de madera, cuando llueve no hay manera de dormir y de todas maneras las noches en Playas de Tijuana son muy frías. A parte estas habitaciones, que por lo menos ofrecen un mínimo de privacidad, existe la posibilidad de dormir en una esquina cualquiera de la casa, pero hay que levantar las cobijas en la mañana temprano. Por ultimo, si hay familias que no se quieren dividir, pueden dormir en cuarto grande con vista al mar, no porque haya una ventana que ve al mar, si no que directamente no hay pared y se duerme en compañía del viento fuerte y frío del mar. El olor de la casa es constante: orina.

Prácticamente lo que diferencia este alojamiento del vivir en la calle es el hecho de que aquí la policía no viene a molestar tanto, no viene a llevarse a las personas a la cárcel, aunque a veces si, y hasta la señora Esperanza tuvo que quedarse un par de días en la prisión, la acosaron de ser “pollera”, “coyote” o sea de hacer pasar gente al otro lado en cambio de dinero.

Otra cosa positiva es que en la casa cada día hay frijoles y arroz, donaciones de los vecinos.

La señora Esperanza le cobra a quien tiene dinero, los precios son 20 pesos al día y 1000 por mes, si no, según cuenta ella, oferta voluntaria.

A parte la dueña hay otras dos mujeres, Eva y Ester. La primera lleva varios años en Tijuana, vino para cruzar la frontera y no lo logró, pero justo en estos días pudo hablar con su hija en Estados Unidos, habían pasado once años sin saber nada la una de la otra, Eva ya no quiere cruzar la frontera, ahora vive en la casa y se ocupa de vigilar durante la noche, su cama es una cobija en el piso en la entrada, no es la mejor solución para dormir durante el día, pero ella esta feliz porque su hija está bien.

En el sótano está Ester, una “chicana”, o sea una que viene de Ciudad de Mexico. El pelo de Ester es cortado según su religión, ella es Hare Krisna, y en su cuarto, tan bajo que solo puede estar acostada, hay todo tipo de instrumentos para la plegaria. Ella parece ser la única que intentó decorar su espacio y personalizarlo. Colecciona tarjetas de “yugiho” y naves espaciales de la guerra de las galaxias. Su situación es un poco diferente de la de los demás, ella no parece ser obsesionada con ir a Estados Unidos, ella, que ha sido rechazada por su familia en la capital, vino a arrinconarse aquí, en la esquina de su país y parece que si encontró algo parecido a una familia.

A las siete abre el albergue y todos entran a comer en la sala, alguien trajo una piña para postre, y mientras se sientan y algunos calientan las tortillas viejas de tres dias sigue el discurso sobre la existencia del infierno. Quizás están tan obsesionados con este discurso porque necesitan saber que existe un lugar y una vida peor que la que están viviendo ellos.

ITALIANO

L’ULTIMA CASA DELL’AMERICA LATINA

Nel quartiere Playas, a Tijuana, davanti alla frontiera c’è un obelisco, un timido monumento che dice “Qui inizia la patria” anche se forse sarebbe meglio dicesse “Qui finiscono i sogni” come ci ricorda la croce disegnata dietro che aggiunge al monumento la opinione di qualcuno.

Ci sono molte croci che partono dall’obelisco e arrivano fino alla fine della barriera, dentro il mare. In questo stesso punto, al ridosso della spiaggia, il governo ha fatto installare una piccola palestra, forse con l’intenzione di dimostrare a quelli del primo mondo che anche qui c’è gente sana, sportiva e con una buona qualità di vita.

In realtà molti di quelli che si allenano giornalmente lì lo fanno per essere pronti a scavalcare la frontiera nelle notti nebbiose.

La piazza che ospita questa piccola palestra, che potremmo definire la prima o l’ultima palestra dell’america latina è molto frequentata da persone che si reputano “di passaggio” e che vivono tutti in una casetta bianca e azzurra proprio lì vicino.

L’ultima casa dell’america latina non poteva che essere un rifugio per i migranti, non è un vero e proprio centro di accoglienza come lo è la casa del migrante, di fatti non è riconosciuta istituzionalmente però dà ospitalità a molte persone “di passaggio” per Tijuana.

E’ l’ultima casa dell’america latina e molti sperano sia l’ultima casa messicana in cui alloggiano.

Ovviamente su questo posto circolano mille voci, qualcuno dice che la padrona è una santa, qualcuno dice che è una che si approffitta della disperazione della gente per rubargli gli ultimi spiccioli che gli rimangono; la trovi sempre lì, pulendo e passando il tempo con i migranti.

Di mattina fuori dalla casa gli ospiti dell’ostello sono in fila, in attesa che la signora apra per dargli quello che potrebbe essere l’unico pasto della loro giornata.

Entrando dalla porta principale si arriva nella sala dove si mangia, si cucina e si pulisce tutti insieme; e proprio lì, unica donna in mezzo a 6 uomini incontro la padrona di casa.

Si chiama Esperanza, nome fin troppo appropriato per chi rappresenta spesso l’ultimo aiuto nel viaggio di molti migranti.

La signora è molto occupata nel raccontare e spiegare ai suoi ospiti l’esistenza dell’inferno, confermando che ci sono persone che ci sono state e lo hanno documentato, loro la ascoltano illuminati dalla luce di un tablet che riproduce degli effetti speciali astratti, simili a fiamme, seguiti da grita e lamenti; sembra perciò di capire che all’inferno lascino entrare con le videocamere.

La casa è un labirinto di scale e pareti di legno riciclato, le stanze sono molte e le persone che al momento ci vivono sono 36 anche se Esperanza dice che può arrivare ad ospitarne 100; questo non significa però che ci siano 100 letti, in realtà ce ne saranno forse 15 quindi la maggior parte delle persone dorme per terra.

Ci sono quattro tipi differenti di alloggio: privato con letto, dove vivono quelli che sono lì da più tempo o chi è malato; privato senza letto dove si dorme per terra e la stanza è grande quanto una persone allungata, queste stanze si trovano sul tetto e sono di legno e quando piove non si riesce a dormire e comunque le notti a Playas de Tijuana sono sempre molto fredde. Oltre a questi alloggi, che quantomeno offrono un minimo di privacy, c’è la possibilità di dormire in qualsiasi angolo della casa con l’unico obbligo di smantellare il letto tutte le mattine all’alba. Infine se ci sono delle famiglie che non vogliono separarsi possono dormire in un stanza privata vista mare, non perchè c’è una finestra che da sul mare, ma perchè non ci sono pareti e si dorme fuori in compagnia del vento forte e dell’umidità dell’oceano.

L’odore costante della casa è uno solo:urina.

In pratica l’unica differenza tra questo rifugio e la strada è che almeno qui la polizia non viene ad arrestare i migranti, anche se qualche volta è accaduto e persino la signora Esperanza venne portata in carcere con l’accusa di essere “pollera”, “coyote” cioè di far passare la gente all’altro lato in cambio di soldi.

Un’altra cosa positiva della casa è che tutti i giorni ci sono riso e fagioli, grazie alle donazioni dei vicini.

La padrona di casa comunque chiede un’affitto a chi può permetterselo, il prezzo è di 20 pesos al giorno (1,10 euro) o 1000 pesos al mese, ma spesso, come lei stessa dice, si fa a offerta volontaria.

Oltre a Esperanza nella casa ci sono altre due donne, Eva ed Ester.

La prima vive da molti anni a Tijuana, arrivò con l’intento di attraversare la frontiera ma non ci riuscì, ha una figlia negli Stati Uniti e ci racconta che dopo 11 anni senza vedersi e sentirsi si erano finalmente riuscite a parlare; Eva non vuole più andare dall’altra parte, preferisce stare nella casa e occuparsi di vigilare durante la notte; dorme per terra all’entrata della casa e anche se non è una soluzione comoda per dormire di giorno lei è felice perchè sa che sua figlia sta bene.

Nel seminterrato c’è Ester, una “chicana” nomignolo per chi viene da Città del Messico. Ha i capello rasati come vuole la sua religione “hare Krisna” e nella sua stanza, così bassa che ci si può stare solo sdraiati, ci sono tutti gli strumenti per pregare.

Lei sembra essere l’unica che ha decorato la sua stanza per personalizzarla un po’, colleziona carte di Yugiho e navi spaziali di guerre stellari. La sua situazione è un po’ diversa da quella degli altri ospiti della casa, lei non è fissata con l’idea di andare negli Stati Uniti, rifiutata dai propri genitori è venuta a rifugiarsi qui, nell’ultimo angolo del Messico e sembra aver trovato qualcosa che assomigli a una nuova famiglia.

Alle sette di sera l’ostello apre e tutti si accingono a mangiare, qualcuno ha portato un ananas come dessert, qulacuno scalda delle tortillas vecchie di tre giorni e intanto contiuna il discorso sull’inferno.

Forse sono così ossessionati da questo argomento perchè hanno bisogno di credere che esiste un posto e una vita peggiore di quella che stanno vivendo loro.

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